lunes, 19 de febrero de 2024

INQUISIDORES

 

Siempre ha sido un riesgo tener una opinión distinta a la del poder con el que se tenga relación, ya sea político, cultural, religioso o laboral.

En su día sufrieron esos problemas gente muy diversa. A San Juan de la Cruz, carmelita de la variante de los descalzos le molestaron de continuo los frailes carmelitas calzados, guardianes de su propia ortodoxia; Giordano Bruno, fraile dominico, fue quemado en Roma acusado de hereje por sus estudios en los que discutía que la tierra fuera el centro del universo; Luis de León, fraile agustino, profesor en la universidad de Salamanca, acusado de herejía y encarcelado cinco años por haber traducido a versión vulgar el Cantar de los Cantares; Galileo Galilei, ingeniero y matemático, cuyos estudios sobre el universo escandalizaron a los cardenales romanos y las académicos de la época, o Miguel Servet, teólogo y científico español, quemado vivo por el inquisidor protestante Juan Calvino por discutir la existencia de la Trinidad o defender el bautismo en edad adulta, aunque la verdadera y escondida acusación que pesaba sobre él era su investigación sobre la circulación de la sangre.

El problema que tuvo Servet es que Juan Calvino no sabía nada de ciencia, ni tampoco sus seguidores, lo que recuerda muchos siglos después a quienes discuten complejos temas científicos sin miedo alguno al ridículo, niegan el cambio climático o los avances innegables de las vacunas en medicina. Hoy serían seguidores de Juan Calvino.

Han pasado siglos de todo aquello, sin embargo los inquisidores siguen vigilantes y atentos a cualquier desvío de la ortodoxia.  Los hay en la prensa, que cada vez es menos prensa, menos libre y que, en realidad, es un instrumento de poder de diversos intereses económicos, políticos y empresariales. Es difícil encontrar una excepción a esa situación. Recientemente el filósofo Fernando Savater, que precisamente nunca fue un ortodoxo, ha sido expulsado de un periódico donde escribió años por diferir de la línea editorial del diario. Es decir, no escribía lo que el diario quería que opinara y escribiera.

Pero hay más inquisidores y no menos famosos. Hoy disentir con un partido político sobre cualquier decisión que este tome, es verse abocado, si se es militante, a la condena civil dentro de la organización. Es cierto también, que los partidos se parecen cada vez más a las empresas multinacionales, donde precisamente no se premia la disidencia sino el aplauso al lider.

Por no citar la nueva inquisición que se da en las redes sociales. Terreno abonado para que cualquier opinión sea desechada, discutida y satanizada simplemente por no opinar al igual que quien la recibe. Es un signo de los tiempos en que se vive, donde no se aceptan opiniones distintas, sino opiniones militantes, es decir opiniones unidireccionales y monocordes. Nunca antes ser un disidente de opinión había sido tan peligroso si, además, no se pertenece a grupo alguno. Pertenecer a una tribu siempre fue más cómodo.


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