Macron llama a la guerra contra la Madre
Rusia. De un modo indirecto es lo que ha realizado esta semana el presidente
de la República Francesa. Apoyado por la presidenta de la Comisión, Úrsula
Von der Leyen, se ha lanzado a ejercer de lider moral del mundo occidental,
antes de que llegue Donald Trump, si gana las elecciones en USA y cierre
definitivamente la OTAN.
Como un nuevo Napoleón Bonaparte pretende rememorar los fracasos del emperador y llevar a Europa y a la OTAN a otro naufragio en la nieve del invierno ruso. En su momento en el comienzo de la crisis con Ucrania fue a ver a Putin, el nuevo Stalin ruso, formado en los cuarteles de la KGB y experto en asesinar opositores, no logrando que este se rindiera ante su magnetismo. Se les fotografió en una mesa kilométrica, en el que cada uno estaba en un extremo. Lo decidió Putin para hacerle saber en qué situación realmente se encontraban las ideas de cada uno.
Desde entonces herido en su orgullo de estadista universal, ha estado fraguando la venganza sobre Putin. Ha olvidado que la diplomacia, a veces oscura y desagradable, es la única que puede conducir al mundo a una salida razonable antes de volver al estado de naturaleza prehobessiano, en el que todos están contra todo y contra todos. Es lo que posiblemente ocurriría tras un enfrentamiento nuclear.
Pero Macron es un hombre de estos tiempos, donde no impera la paciencia y el análisis de la historia reciente y pasada que ayude a comprender que casi todo pasó antes y que no es preciso caer en una ridícula postura mesiánica que acaba en el adanismo frecuente de muchos lideres actuales que creen que están descubriendo el mundo. A problemas similares conceptualmente se enfrentó Demóstenes en la vieja Grecia.
Macron no quiere saber que Reino Unido y Estados Unidos, aguantaron pacientemente una fuerte guerra fría entre 1945 y 1989, año de la caída del muro de Berlín, en tiempos de dirigentes soviéticos como Stalin, Jrushchov, Brézhnev, Andrópov, o Chernenko. Todos ellos tan difíciles como Putin o quizá más. Pero aquellos no vieron amenazadas sus fronteras por la expansión de la OTAN y su organización previa para ingresar como miembro como es la Unión Europea, por ello no actuaron como Putin.
Solo un empresario poco fiable, con malas formas y turbio en los negocios como Donald Trump pareció entender que era obligado no hacer caso a la industria armamentística, en la que posiblemente no tiene intereses, y mantuvo abierto el diálogo con Putin, aunque este ya había invadido Crimea en 2014. Eran los tiempos de la otra gran promesa americana Barack Obama que acabó siendo un propagandista de sí mismo y que hizo mutis por el foro ante Putin.
Desde que Angela Merkel decidió poner fin a su etapa de máxima dirigente alemana, tanto la OTAN como la Unión Europea han perdido el sentido histórico de la relación entre Rusia, antigua Unión Soviética lo que no debe olvidarse, y lo que se llama ahora eufemísticamente el mundo occidental. Se han olvidado las lecciones del presidente John Fitzgerald Kennedy en la crisis de los misiles, donde la negociación constante dio frutos. Como también no se quiere entender que Mijail Gorbachov, a pesar de su enorme labor, fue quitado de en medio en Rusia, porque se entendía que era prooccidental. Los oligarcas son los nuevos soviets con Rolex de oro y barcos de lujo atracados en España y Putin el secretario general del PCUS.
Macron es incapaz de entender toda esa complejidad a pesar de su refinada educación y ha decidido ponerse el sombrero de Napoleón y conducir al mundo contra la vieja madre Rusia, que se aprovisiona de leña para el invierno mientras espera.
Como un nuevo Napoleón Bonaparte pretende rememorar los fracasos del emperador y llevar a Europa y a la OTAN a otro naufragio en la nieve del invierno ruso. En su momento en el comienzo de la crisis con Ucrania fue a ver a Putin, el nuevo Stalin ruso, formado en los cuarteles de la KGB y experto en asesinar opositores, no logrando que este se rindiera ante su magnetismo. Se les fotografió en una mesa kilométrica, en el que cada uno estaba en un extremo. Lo decidió Putin para hacerle saber en qué situación realmente se encontraban las ideas de cada uno.
Desde entonces herido en su orgullo de estadista universal, ha estado fraguando la venganza sobre Putin. Ha olvidado que la diplomacia, a veces oscura y desagradable, es la única que puede conducir al mundo a una salida razonable antes de volver al estado de naturaleza prehobessiano, en el que todos están contra todo y contra todos. Es lo que posiblemente ocurriría tras un enfrentamiento nuclear.
Pero Macron es un hombre de estos tiempos, donde no impera la paciencia y el análisis de la historia reciente y pasada que ayude a comprender que casi todo pasó antes y que no es preciso caer en una ridícula postura mesiánica que acaba en el adanismo frecuente de muchos lideres actuales que creen que están descubriendo el mundo. A problemas similares conceptualmente se enfrentó Demóstenes en la vieja Grecia.
Macron no quiere saber que Reino Unido y Estados Unidos, aguantaron pacientemente una fuerte guerra fría entre 1945 y 1989, año de la caída del muro de Berlín, en tiempos de dirigentes soviéticos como Stalin, Jrushchov, Brézhnev, Andrópov, o Chernenko. Todos ellos tan difíciles como Putin o quizá más. Pero aquellos no vieron amenazadas sus fronteras por la expansión de la OTAN y su organización previa para ingresar como miembro como es la Unión Europea, por ello no actuaron como Putin.
Solo un empresario poco fiable, con malas formas y turbio en los negocios como Donald Trump pareció entender que era obligado no hacer caso a la industria armamentística, en la que posiblemente no tiene intereses, y mantuvo abierto el diálogo con Putin, aunque este ya había invadido Crimea en 2014. Eran los tiempos de la otra gran promesa americana Barack Obama que acabó siendo un propagandista de sí mismo y que hizo mutis por el foro ante Putin.
Desde que Angela Merkel decidió poner fin a su etapa de máxima dirigente alemana, tanto la OTAN como la Unión Europea han perdido el sentido histórico de la relación entre Rusia, antigua Unión Soviética lo que no debe olvidarse, y lo que se llama ahora eufemísticamente el mundo occidental. Se han olvidado las lecciones del presidente John Fitzgerald Kennedy en la crisis de los misiles, donde la negociación constante dio frutos. Como también no se quiere entender que Mijail Gorbachov, a pesar de su enorme labor, fue quitado de en medio en Rusia, porque se entendía que era prooccidental. Los oligarcas son los nuevos soviets con Rolex de oro y barcos de lujo atracados en España y Putin el secretario general del PCUS.
Macron es incapaz de entender toda esa complejidad a pesar de su refinada educación y ha decidido ponerse el sombrero de Napoleón y conducir al mundo contra la vieja madre Rusia, que se aprovisiona de leña para el invierno mientras espera.
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