Definitivamente Jürgen Habermas ya está en la historia del pensamiento desde el pasado 14 de marzo de 2026. Prácticamente ha sido unánime el reconocimiento a su obra en los numerosos artículos periodísticos, redes sociales y distintas publicaciones.
Conjuntamente con John Rawls quizá haya sido el filósofo más influyente en filosofía política del siglo XX y de lo que va del XXI. Su obra ha sido oceánica por su gran extensión y ha alcanzado a otras áreas de la filosofía como la epistemología, el lenguaje, la metafísica y la filosofía moral, alcanzando sus trabajos a otras especialidades como la teoría social y la sociología. Sin olvidar sus frecuentes incursiones en la actualidad política y social, Habermas nunca dio la espalda a opinar sobre cualquier tema del momento que suscitase su interés.
En las publicaciones en torno a su despedida se han repasado sus principales aportaciones a la ética discursiva contemporánea que contribuyó a desarrollar conjuntamente con las aportaciones de Karl-Otto Apel, la denominada ética de la comunicación o ética del discurso.
Es precisamente la gran aportación de Habermas a la teoría de la democracia contemporánea sus propuestas para tratar de conducir el debate contemporáneo hacia territorios más racionales que permitan avanzar a las sociedades complejas del siglo XXI.
Quizá en lo que no se haya profundizado en exceso sobre las propuestas de Habermas, es en el papel que propone a la propia sociedad y a la ciudadanía para conseguir los acuerdos y consensos necesarios para tratar de cohesionar y equilibrar las sociedades ante un mundo complejo, multifactorial y cambiante que no da un momento de respiro social y político ante la rapidez con la que aparecen nuevas circunstancias que requieren de soluciones casi instantáneas.
La comunicación continua, la inmediatez y el vértigo de los acontecimientos son caracteres sociales ya del siglo XXI.
Se tacha con cierta prudencia a Habermas de filósofo denso, a veces difícil de leer y, también, se le censura que no concreta soluciones en torno a cómo debe enfocarse la discusión política contemporánea y cuales son los límites de esa discusión. En ocasiones, podría parecer que propone un debate cíclico y continuo como algunos autores han insinuado recordando su formación inicial dentro del materialismo histórico.
Es razonable reconocer que algunas de esas críticas pueden tener fundamento. Desde luego no es un pensador esquemático y de una obra corta, ya que en ocasiones se requiere establecer conexiones entre diversas ideas que establece en sus distintas obras.
También es cierto que su idea de diálogo y cooperación racional que permita llegar a establecer consensos tiene solo dos límites claros, el respeto mutuo y una adecuada argumentación, lo que deja abierto el tiempo y la forma en que esos acuerdos puedan conseguirse.
Es en ese aspecto en el que se ha profundizado poco. Sobre cómo lograr que esa negociación e intercambio de propuestas se realice, sobre quienes deben encauzarlo que podrían ser los partidos políticos, los ciudadanos o la llamada sociedad civil.
Su propuesta es decididamente ética. Va dirigida tanto al individuo en su vertiente unipersonal en cuanto a su forma de comportarse y participar en sociedad como a los grupos de individuos, ya sean organizados -partidos políticos, asociaciones- o no organizados -ciudadanía y sociedad civil-. Como en toda propuesta ética cada caso tiene su propia particularidad en cuanto a la aplicación práctica de su propuesta. Es en esas cuestiones donde parece que existen dudas.
Habermas era plenamente consciente que en las sociedades democráticas contemporáneas el papel de los partidos políticos es esencial, ya que es la forma de trasladar a términos prácticos la democracia representativa. Como señala en alguna de sus obras era plenamente conocedor de la obra de especialistas reputados como Giovanni Sartori, que en su obra Los partidos políticos establece las insuficiencias del modelo de partidos y las dificultades para corregir sus desajustes.
Es precisamente para salvar esa dificultad del modelo en la representación de los partidos, grupos y coaliciones en los parlamentos que incardina la representación popular por la que desarrolla con amplitud su ética discursiva, cuidándose expresamente de circunscribirla a los partidos políticos. Desde ahí debe entenderse en profundidad a Habermas y su propuesta de dialogo, negociación, intercambio de ideas, consensos y acuerdos.
Traslada directamente al propio ciudadano y a su libertad la responsabilidad de instrumentalizar sus propuestas y deseos para que debidamente canalizadas influyan en los partidos políticos, grupos, asociaciones o coaliciones políticas que se presenten a las elecciones.
Una lectura sosegada y ponderada de Habermas permite entender que su mensaje operativo y práctico principal es que ya no basta con escuchar las propuestas de los partidos políticos y elegir por el ciudadano la que mejor se le adapte y apoyarla. Eso es insuficiente en sociedades complejas. Proclama que ya no existen explicaciones del mundo unitarias y completas como pretendía el marxismo o el fascismo.
Las sociedades son complejas y van a seguir siéndolo cada vez más. Es preciso que la ciudadanía tome cartas en el asunto y comience a exigir a los partidos políticos y grupos que se presenten a las elecciones que tengan en cuenta las propuestas que la ciudadanía les hace llegar desde la sociedad civil. Es un importante cambio de paradigma que exige principalmente pedagogía social y ciudadana.
La democracia interna de los partidos políticos, como advirtió Sartori, es deficiente. Los grupos de presión internos, los intereses particulares y la dificultad de la libertad de opinión en el seno de los partidos políticos son cuestiones que están presentes en las organizaciones políticas. No así en la sociedad civil que puede y debe organizarse para contribuir al debate ciudadano.
Ese es el gran reto que Habermas propone a la sociedad para evitar que el autoritarismo, el populismo y el totalitarismo terminen por desfigurar a la democracia contemporánea.
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